Marulanda (Caldas).
Jueves 21 de agosto de 2015
Estando en Salamina, a las 4:30 de la mañana estuve en pie, para salir antes de las seis hacia la zona del mercado, desde donde se despacha la buseta para Marulanda.
El pasaje cuesta $15.000, para tres horas de recorrido por carretera destapada. El bus hace escala en San Félix, el corregimiento de Salamina que está más o menos a mitad de camino hacia Marulanda.
En ese poblado se elaboran quesos y hay una fábrica mediana de productos lácteos. Es un corregimiento agradable, plano, frio y con una iglesia de dos torres muy bonita por fuera, contra la cual chocan los rayos del sol en la mañana.
Para ir a Marulanda, se sale por Las Palmas y La Quiebra, las veredas en donde estuve la otra vez, a bordo de una buseta urbana de Salamina.
La vista desde esos poblados es la mejor, pues casi todo el recorrido transcurre sobre la cuchilla de la cordillera, muchas veces con vista a lado y lado, sobre fincas cafeteras y terrenos con pasto donde come el ganado.
No hay grandes ascensos o bajadas, más bien algunos columpios. El paisaje, en este día de sol, es precioso.
Y por terrenos similares continúa la carretera más o menos una hora, al final con distintos puntos desde los cuales se ve el casco urbano de Salamina, allá tendido en la falda de la montaña.
En horas matutinas el sol ilumina muy bien el pueblo patrimonial colombiano, y el conductor, que desde anoche es mi amigo, paró al final del recorrido para que tomara varias panorámicas.
Para este momento venía yo conversando con ‘Aurora’, una mujer de 38 años, con piel rosagante y gafas que la hacen ver muy bien y más joven. Sin embargo se trata de una campesina a la cual le ha tocado muy duro la vida.
Cuando Aurora trabajaba en una finca de Santa Isabel, cerca al Nevado, le tocaba madrugar desde la una de la mañana a ordeñar 28 vacas y luego ‘despachar como a 20 trabajadores ya desayunados’. Su patrono la explotaba.
Hasta cuando conoció a otro hombre, que ese sí la tiene viviendo bien, en una finca cerca de Marulanda. Del primer matrimonio tuvo tres hijos que ya están grandes, y con el compañero actual tiene uno pequeño.
Marulanda es un pueblo muy solo en semana, hay poco comercio, pero las calles son limpias, pavimentadas y las fachadas de las casas bien pintadas.
Lo que sí es particular acá, son algunos techos de las viviendas en láminas acanaladas de zinc, que están pintadas de rojo o naranja y desde arriba se ven muy agradables.
La iglesia parroquial tiene un diseño muy particular en su fachada. Bajo la torre con reloj que marca las horas exactas y hace sonar las campanas cada quince minutos, bajo esa atalaya hay un arco por donde pasan los transeúntes y carros pequeños.
Me recuerda le Torre del Reloj en Cartagena, bajo la cual se ingresa a la Plaza de la Aduana.
Por dentro, la iglesia se ve oscura, pues tiene un recubrimiento en madera barnizada que le roba luz. No es gran cosa el altar y las naves laterales.
A un lado de la plaza, en una pequeña explanada, se conserva la campana original del templo, con la leyenda:
‘Aldea Marulanda. Año 1.882’.
La Alcaldía de Marulanda funciona en el segundo piso de una casa antigua. En el centro del ayuntamiento hay una sala entre verjas con macanas.
Visité algunas oficinas invitando a los funcionarios a leer mi blog de viajes. Me impresionó cómo todos los empleados estaban tan concentrados en sus trabajos. Se ve que hay buena disciplina en esta ‘empresa’.
En el pasado puente de la Asunción, se celebraron en Marulanda las Fiestas de la Papa, la Leche y la Arriería.
Marulanda es un pueblo trazado en cuadrícula, tiene una plaza mediana un poco inclinada, pero limpia como es toda la localidad.
Y algo muy bello son los alrededores del pueblo, tan verdes y fértiles: laderas de montañas con algunas islas de bosque virgen, pero en su mayoría pastizales para el ganado. Qué pesar: desiertos verdes…
Cerca de la iglesia parroquial, hay un restaurante concurrido. Allí desayuné con huevos en cacerola, arepa, queso y chocolate por $3.500.
Desde cuando me sirvieron con solo una cuchara como cubierto, entendí que estaba en un pueblo campesino. Entonces pedí tenedor y cuchillo con los cuales me siento mejor.
Aquí hace bastante frío, el movimiento comercial durante la semana es mínimo.
Y es que Marulanda es un pueblo aislado, aunque tranquilo y agradable.
Se ven pocos vehículos: ni motos ni carros, aunque sí hay algunos, claro. No debe haber muchas fuentes de empleo acá, la gente seguramente sale
temprano a sus fincas y regresa por las tardes.
Por ahí fotografié a Cornelio Morales, un campesino que iba con su azadón al hombro a labrar la tierra, antes de sembrar.
A la salida del pueblo está una imagen de la Virgen muy particular, pues tiene un brazo en alto y en el pedestal se lee:
‘En la vida protejo, y en la muerte ayudo’.
Son las doce del día, me ubico a la salida para Salamina, a esperar la buseta 472 en la que vine.
Me interesa llegar temprano a Salamina, para ver si alcanzo a estar esta noche en Envigado.
Mientras tanto me entretengo saludando a todo el que pasa, viendo cómo las bestias las ‘amarran’ con el lazo simplemente puesto en un barrote o metido
dentro de un hueco.
Para el animal con eso basta, pues en su ‘mente’ quedó la idea de estar atado. Es como si estuviera firmemente amarrado y no pudiera escapar. Así nos pasa muchas veces a los humanos: nos puede la imaginación y nos preocupamos más de la cuenta.
Apenas pasó el medio día, subí despacio hasta la Capilla del Corazón de Jesús, para fotografiar todo el pueblo. Y sí que se aprecia bien todo. Hacia el norte se observan dos bloques de apartamentos, seguramente de vivienda de interés social. Allí, los techos de colores, lucen muy bien.
Por fin a la 12:30 apareció el bus de Sideral en el cual viajaré a Salamina. Se demoró para salir porque mi amigo, el conductor, estuvo esperando unos minutos a ver si yo aparecía.
A ratos me iba para el lado del chofer a conversar con él, sobre carros, pueblos y demás; y a ratos regresaba a mi puesto de la primera hilera de sillas, con vista frontal a través del parabrisas de la buseta.
En San Felix nos detuvimos para comprar productos derivados de la leche que producen en la pequeña fábrica del corregimiento.
Dos campesinos conversaban detrás de mi silla:
‘Cierto que con este verano nada del campo es bueno. Pero sí es mejor la lechita que el café. Usted con un cafetal solo tiene dos cosechas al año, en cambio la lechita, aunque poquito, al menos le da una gotica de plata todos los días. Poquito, pero tiene uno de qué vivir’.
A las cuatro de la tarde me bajé en la plaza de mercado de Salamina, corrí a sacar dinero del cajero, recogí el morral en el hospedaje, y a buscar la salida hacia Pácora. Quiero llegar esta noche a mi casa para decir como Hugo Patiño:
‘Listo Medellín, cabina 8’.
Excelente el reportaje elaborado por GERMAN VALLEJO. Quienes nacimos y vivimos por un largo tiempo en nuestro amado terruño, nos sentimos alagados al leer el relato minucioso que el autor de este escrito hizo sobre Marulanda, pues aquí quedaron minuciosamente mostrados los lugares, costumbres y demás aconteceres relacionados con mi amado MARULANDA. Felicitaciones al autor y ojalá esta narrativa fuera conocida por muchos paisanos que por una u ora razón salimos del terruño para conservar este bello recuerdo.
Gracias Luis por tus palabras, me alegro que mi publicación sea útil a la colonia de Marulanda y que acreciente el amor por la patria chica. Saludos.
Hola, tiene alguna infomación de alojamientos en Marulanda ?
No, estuve allá de paso hace unos años. Saludos.